Muchas parejas se enfrentan en silencio a las dificultades que plantea la PFN (planificación familiar natural) y se sienten distanciadas, frustradas o incluso resentidas, sobre todo durante los largos periodos de abstinencia, los ciclos irregulares o cuando los indicadores biológicos son difíciles de interpretar. Sus matrimonios sufren tensiones cuando no se cumplen las expectativas y la intimidad sexual se vuelve impredecible o incluso inaccesible. “Se suponía que la PFN iba a ser buena para nuestra relación, pero parece que nos trae más penas que alegrías”. A menudo, las parejas que se encuentran en esta situación llegan a la conclusión de que debe de haber algún error en la propia enseñanza de la Iglesia. La culpa recae directamente sobre la PFN como origen del problema.
Si no tuviéramos que practicar la PFN, no tendríamos ninguno de estos problemas.
Pero nos gustaría ofrecer un punto de vista alternativo: la PFN está sacando a la luz algo que necesita sanación.
La PFN es, sin lugar a dudas, una herramienta práctica y valiosa. Las mujeres la utilizan para conocer su fertilidad, y las parejas lo emplean para planificar la familia. Ayuda a comprender el estado general de la salud hormonal, permite programar la concepción con mayor precisión y permite a las parejas evitar el embarazo sin necesidad de recurrir a métodos anticonceptivos. En todo ello, la PFN respeta la forma en que nuestros cuerpos fueron creados magistralmente.
Aunque todo esto es cierto, no aborda plenamente el meollo de la tensión y el sufrimiento que experimentan las parejas cuando la PFN parece “causar” problemas. Estas preocupaciones son reales y válidas, pero a menudo se culpa a quien no corresponde. Cuando se replantea, la PFN pone de manifiesto retos tanto a nivel individual como en la relación. Y dado que la PFN se practica en el marco del sacramento del matrimonio, la revelación no se detiene ahí. Se convierte en una invitación: a una intimidad más profunda entre ambos, a una comprensión más amplia de la ciencia de la creación a la luz de la fe, y a una búsqueda más consciente de la virtud y la caridad.
A lo largo de nuestros años de servicio pastoral con parejas, estas son algunas de las preocupaciones más habituales que hemos vivido y observado, junto con lo que puede revelarse a través de la práctica de la PFN.
“La PFN no funciona realmente: es demasiado complicada o poco fiable”.
La PFN no solo tiene una base científica sólida, sino que se ajusta a la realidad de cómo han sido creados el hombre y la mujer. Las mujeres solo pueden concebir durante la fase ovulatoria de su ciclo y no pueden hacerlo durante la fase lútea. Esto es un hecho biológico. Dicho esto, esto no significa que la PFN sea siempre sencilla o fácil de aplicar. Requiere esfuerzo, interpretación y flexibilidad, sobre todo cuando los ciclos son irregulares o se apartan de lo habitual.
Más allá de esta preocupación legítima, sin embargo, se esconde una pregunta más profunda que espera ser revelada: ¿Confían el uno en el otro? ¿Han puesto su familia en manos del Señor? ¿Se debe esa vacilación al miedo: al miedo a cometer un error, al miedo al autocontrol de su cónyuge o al miedo a que la providencia de Dios no sea suficiente?
Animamos a las parejas a que reflexionen y recen juntos sobre estas preguntas. Si hay desconfianza entre los cónyuges, analicen el motivo. Si uno de los cónyuges es más flexible mientras que el otro espera precisión, hablen de ello abiertamente y elaboren un plan conjunto. Si la tensión se debe a un temor a la providencia de Dios, lleven ese temor a la oración… juntos
Si uno de los cónyuges confía plenamente en la PFN y el otro se muestra indeciso, es fundamental actuar con delicadeza. Hay que estar dispuesto a escuchar los motivos de esa indecisión. Puede deberse a un malentendido científico, a una incertidumbre moral o a la preocupación por cómo este compromiso afectará a la vida cotidiana. En última instancia, la PFN es una decisión conyugal que requiere un discernimiento continuo. Es necesario sanar las heridas que se ponen de manifiesto en la comunicación, la confianza y el entendimiento para construir una visión compartida sobre la planificación familiar y las herramientas que la respaldan.
“La PFN ha provocado tensión emocional y sexual debido a los largos periodos de abstinencia”.
Abstenerse de mantener relaciones sexuales durante los días fértiles, cuando se desea evitar un embarazo, es sin duda un reto. Sin embargo, también supone una oportunidad para ordenar adecuadamente los deseos a través de la virtud de la castidad. Si la abstinencia resulta insoportable (o, por el contrario, demasiado fácil), es importante que la pareja se plantee juntos por qué ocurre esto. Esa misma tensión revela algo que necesita sanarse.
Si la abstinencia da lugar a la ira, el resentimiento, la amargura o la obsesión, es que aún no se ha alcanzado la plenitud de la castidad. Cuando una pareja, tras un discernimiento razonable y en oración, ha llegado a la conclusión de que evitar el embarazo es lo mejor para su familia por razones de salud, económicas, psicológicas o sociales, tal y como se expone en Humanae Vitae, entonces amar y desear el bien del otro tiene prioridad sobre el deseo de satisfacción sexual. Estos son deseos correctamente ordenados.
Como enseña el Catecismo, “la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana” (CIC 2339). La libertad es la capacidad de elegir el bien mayor con paz y alegría. La castidad conduce a la libertad sexual porque ordena correctamente la pasión, permitiendo que un cónyuge amoroso desee el bien del otro, tal y como describe santo Tomás de Aquino.
El malestar físico, psicológico o relacional durante la abstinencia puede ser una señal que nos invita a crecer en la virtud. También puede indicar que falta intimidad no sexual. La intimidad sexual es una forma poderosa de comunicación a través del cuerpo, pero no es la única. ¿Se están transmitiendo el amor y el afecto incondicionales de otras maneras? El distanciamiento del sexo puede revelar a veces una distancia emocional que no debe quedar eclipsada por el placer o la comodidad de las relaciones sexuales.
Si la abstinencia resulta fácil para uno de los cónyuges, pero pesada para el otro, esto también puede revelar una herida. La curiosidad y la franqueza sinceras son fundamentales para la sanación. ¿Por qué, en un matrimonio amoroso, el sexo no es un deseo mutuo? ¿Existe un desequilibrio en la carga familiar o emocional? ¿Se siente uno de los cónyuges rechazado o poco querido fuera del dormitorio? ¿Hay otras preocupaciones que prevalecen sobre la intimidad, y se están analizando esas prioridades juntos?
Cuando se vive con castidad, la abstinencia puede convertirse en una invitación a una intimidad más profunda, a compartir la alegría y a renovar la unión, sanando heridas que quizá nunca hubieran salido a la luz sin la PFN.
“¿Cómo discernimos por qué y cuándo utilizar la PFN?”
A menudo, uno de los cónyuges está convencido, mientras que el otro se muestra preocupado. Uno puede percibir la PFN como una exigencia, y el otro como una sugerencia. Si los cónyuges no se ponen de acuerdo sobre cuándo, por qué o incluso si deben utilizar la PFN, es fundamental expresar claramente sus puntos de vista y escuchar con apertura. No acepten la división. Esfuércense por alcanzar una visión compartida para su familia en lo que respecta al sexo, la intimidad y los hijos.
Este tema se ha vuelto cada vez más delicado, sobre todo en la era de las redes sociales. Abundan las opiniones sobre qué razones son válidas o egoístas para evitar un embarazo, y se debaten términos como “justo”, “grave” o “prudente”. Estos temas pueden resultar confusos y abrumadores.
En primer lugar, nadie ajeno a su matrimonio está viviendo su matrimonio. El día de su boda, crearon algo nuevo: una familia. Juntos, con Dios, cuentan con la gracia, la razón, la fe y el conocimiento íntimo necesarios para tomar decisiones difíciles. Los recursos externos pueden ser útiles, pero, en última instancia, el discernimiento les corresponde a ustedes tres: Dios, el marido y la mujer.
La Iglesia ofrece sabiduría a través del concepto de la “paternidad responsable” en Humanae Vitae, haciendo hincapié en la conciencia biológica, el discernimiento prudente de las circunstancias y la obediencia al orden moral establecido por Dios. La paternidad responsable llama a los cónyuges a reconocer sus deberes para con Dios, para consigo mismos, para con su familia y para con la sociedad.
También hay que hacer una distinción fundamental: el conocimiento de la fertilidad es el conocimiento del propio cuerpo de la mujer, mientras que la PFN es la forma en que las parejas utilizan ese conocimiento a través de la oración, la razón y la comunicación para decidir el tamaño de la familia y el momento de tener hijos.
En lugar de defender la PFN basándose únicamente en la teoría, es fundamental considerar cómo se vive en la realidad de los matrimonios, en medio de la comunicación, el sacrificio, el deseo, los desacuerdos y el amor. Esta conversación está dirigida especialmente a aquellas parejas que se sienten cansadas de las respuestas simplistas y que anhelan algo más profundo, más humano y más fiel.
A decir verdad, la PFN puede ser la herramienta perfecta para sacar a la luz aquellas partes de nosotros mismos y de nuestro matrimonio que necesitan sanación. Si su matrimonio atraviesa dificultades con la PFN, eso no significa que haya fracasado. Puede que esté haciendo precisamente lo que debe hacer: sacar a la luz lo que no puede sanarse si permanece oculto. En lugar de ocultar los problemas mediante la anticoncepción, el sexo sin límites o eludir el diálogo, deja que la gracia del sacramento guíe su matrimonio hacia la sanación y la plenitud.

